Se lo merece, no hay duda. A donde Hugo Sánchez se pare, contará con el cariño de la gente, es simplemente profeta en su tierra.
La entrega de la Cédula Real del Ayuntamiento de Puebla fue un acierto del edil Eduardo Rivera.
Homenajear a una leyenda todavía viviente es reconocer el carácter que mostró para salir adelante.
Corría el año 1991 cuando Hugo Sánchez anunció que probaría suerte en España, y no fue fácil su estadía en su principio, para ganarse el cariño de la afición ibérica tuvo que soportar insultos y discriminaciones.
Su carácter calló las bocas y vinieron premios y reconocimientos, por eso es Pentapichichi, es Hugol, es el niño de oro y se volvió ídolo fuera de su país.
Los pumistas no olvidan sus logros como jugador ni técnico, los más viejos añoran los años 1977 y 1981, los jóvenes recuerdan el 2004 cuando los hizo bicampeones.
Los americanistas le tienen respeto y cariño, los mexicanos simplemente lo veneramos.
Lo recordamos festejando goles con marometas
Ni se diga los buenos recuerdos que dejó en Celaya cuando compartió la cancha del estadio Miguel Alemán Valdés con sus viejos amigos Emilio Butragueño y Michel.
Lo que sí es reprobable fue la actitud de la gente que lo aguardaba en el Ayuntamiento.
Los jaloneos y empujones que le aplicaron al exfutbolista no son justificables ni tampoco se aprueba la desorganización del equipo de logística de Cabildo, se vieron mal.
Es risible ver como el propio Eduardo Rivera pretendía tranquilizarlos, nadie lo escuchó todos querían tocar a Hugo Sánchez como si se tratase de un santo.
Y sin ser santo, quedó más que demostrado que no necesitamos ídolos extranjeros, que podrán ir otros futbolistas al extranjero y nadie hará lo que él: abrir camino.
Hugol simplemente será Hugo Sánchez, el Pentapichichi.
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