Por: MM Karla María Blásquez Díaz
Twitter @bladak30
Mientras me ponía mi playera de los Pumas y me dirigía al estadio Cuauhtémoc me propuse el reto de mirar el partido como simple espectadora ajena a ambos equipos.
No emocionarme, no gritar, no entonar Goya, quería escribir estas líneas con otra perspectiva. Cuando llegué a ocupar mi asiento, la mayoría de los que estaban a mi alrededor eran poblanos, claro, yo no era la única con mi playera de Pumas pero éramos minoría.
Siempre hubo el más absoluto respeto de ambos lados, nadie se ofendió, nadie se burló y hasta en conjunto reíamos por los improperios contra las decisiones arbitrales.
Desde el primer tiempo simplemente mis emociones ganaron y estaba enfadada por ver un partido lleno de errores por parte de los dos equipos. De una forma tonta, los jugadores de Puebla y Pumas perdían balones, solitos se caían, estaba desubicados y sus oportunidades claras de gol no se concretaban. Juraba que los únicos concentrados eran los porteros.
Todos estos factores me hicieron romper mi reto, no pude más. El segundo tiempo, percibí una mejor intención de Puebla y Pumas por hacer un mejor papel ante la afición. Por lo menos que valiera la pena el incremento al precio de los boletos. Todo pintaba para un cero a cero merecidos de acuerdo a lo que se veía en la cancha.
La esperanza poblana surgió cuando entró Matías Alustiza; la confianza para la causa universitaria cuando ingresó Luis García quien fuera ovacionado en cancha poblana, ahora era abucheado. ¡Ingrato futbol!
En tribuna saboreábamos cemitas de milanesa con papitas, salchicha, quesillo y rajitas, pensé que sería lo único bueno del partido. Abajo una mujer que vende cervezas se habría apropiado de una playera de Pumas y simulaba que sacudía con ella. La guerra de porras estaba en su resplandor, Goyas desde la portería norte, abucheos respondían de la portería sur. En el segundo tiempo, los guardametas se encontraron en territorio hostil a ambos les iba mal cada vez que despejaban.
¡Qué decir de Marco Antonio Rodríguez!, a ambos no marcó faltas en el área, y de todos los aficionados les llovieron insultos: ¡Árbitro justo!, gritaban los de un bando. ¡Árbitro “desconocedor”! vociferaban los agraviados y bueno, las porras relucieron su lenguaje para manifestar su descontento, aunque los de Pumas se mostraron “un poquito” más agresivos.
Faltaban dos minutos para acabar el partido, desde la perspectiva se vio una melé y vino el grito máximo: ¡Gol!
Sí, Martín Bravo de quien juraba estaba ajeno al partido, había lanzado el balón al fondo de la portería y garantizaba el triunfo para los Pumas. La afición poblana se cayó, se miraban desconcertados, sólo veían con tristeza como los seguidores Pumas saltaban, gritaban y se abrazaban. En esos momentos, unos abandonaron el estadio, otros no quisieron moverse con la esperanza de que durante los cuatro minutos de compensación, Puebla consiguiera el empate.
¡Cómo no te voy a querer!, clásico cántico universitario cimbró el Cuauhtémoc; los poblanos simplemente ya no dieron batalla en la tribuna. Al acabar el partido, un señor estaba molesto y cuestionaba “¿Dónde está el equipo invencible que nos prometió Lapuente?”
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